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Dieta mediterránea

La dieta mediterránea es el estilo de vida y conjunto de hábitos alimentarios propios de los pueblos de la cuenca del Mediterráneo, actualmente considerada el ejemplo de alimentación equilibrada y saludable a la que se atribuyen ciertas propiedades beneficiosas para la salud y un destacado papel en la prevención de distintas enfermedades.

El interés por la dieta mediterránea, cuya fuente principal de grasas es el Aceite de Oliva (rico en ácidos grasos monoinsaturados, principalmente en ácido oleico) se inició en los Estados Unidos. En la década de 1950, el Profesor Ancel Keys de la Universidad de Minnesota quedó profundamente impresionado por la baja incidencia de enfermedades cardiovasculares y la elevada esperanza de vida registrada en estas zonas, lo que le indujo a pensar que existía una correlación entre el consumo de grasas, el aumento de la colesterolemia y el riesgo de mortalidad por enfermedad cardiovascular y, en consecuencia, comenzó a observar la alimentación de estas poblaciones.

Esta observación culminó en una serie de investigaciones conocidas como el Estudio de los Siete Países, que proporcionó una evidencia epidemiológica de los efectos de las grasas y de diversos ácidos grasos sobre los niveles de colesterol en sangre.

Al comparar la alimentación de las poblaciones de distintos países como Grecia, Italia, Yugoslavia, Finlandia, Japón, los Países Bajos y los Estados Unidos, constituyó el primer estudio prospectivo internacional en este campo y un auténtico pilar científico de las ventajas de la dieta mediterránea en la salud humana.

En este estudio se demostraba que la incidencia de enfermedades cardiovasculares en Creta era menor de la esperada debido a sus concentraciones de colesterol total. Su dieta tradicional les aportaba, en efecto, una combinación con un alto contenido en grasa total pero, fundamentalmente, en Aceite de Oliva.

En esta dieta, aproximadamente un 50 a 55% de las calorías son de origen glucídico (aportadas sobre todo por glúcidos complejos), un 10 a 12% de origen proteico y un 30 a 35% de origen lipídico. Estos lípidos, y aquí reside la originalidad de esta dieta, se componen en un 45-50% de ácidos grasos monoinsaturados, en su mayor parte oleicos; un 25% de ácidos grasos poliinsaturados y un 25% de ácidos grasos saturados.

Esta dieta contiene vitaminas en cantidad suficiente y mucha fibra. Si se compara con las dietas occidentales, se observa que hay una mayor cantidad de alimentos de origen vegetal y que no hay manteca, que la sal puede sustituirse en parte por hierbas y pimentón y que esta dieta satisface más el hambre, sobre todo gracias a la incorporación de hidratos de carbono y cereales.

El consumo de ensaladas con hierbas y hojas verdes es abundante; además de vitaminas y antioxidantes aportan ácido a-linolénico, que en el Aceite de Oliva es algo escaso. Se ha observado que la grasa de los pollos que comen estas hierbas es más rica en ácido a-linolénico. Lo mismo sucede con los caracoles, que los habitantes de Creta consumen en grandes cantidades, en particular por motivos religiosos.

La acción del ajo fue objeto de un análisis de seis ensayos controlados con placebo, que puso de manifiesto una disminución de la colesterolemia a raíz de la ingesta de extracto de ajo. Más tarde, un grupo de científicos alemanes y norteamericanos demostró que existe un efecto favorable en la elasticidad de la aorta.

Otra particularidad es el papel del vino tinto consumido con moderación en las comidas. Numerosos estudios sobre el tema han puesto de manifiesto su efecto preventivo frente a las enfermedades coronarias, la muerte súbita, los accidentes cerebro-vasculares y la mortalidad en general. En 1999, un equipo americano observó que la ingesta de zumo de uva tenía un efecto vasodilatador y reducía la oxidación de las LDL.

El consumo de pescado es otro de los puntos importantes de esta dieta. Desde los primeros estudios en Groenlandia en 1970, se ha confirmado que el consumo de pescado reduce la mortalidad post-infarto y el riesgo de muerte súbita.

La dieta mediterránea ha supuesto algunos efectos biológicos favorables en lo que respecta a la prevención de la ateroesclerosis y sus complicaciones trombóticas. En lo que se refiere al colesterol, se observa un aumento del HDL y una disminución del LDL, lo que estaría determinado por el Aceite de Oliva y el vino. El índice de trigliceridemia también se ve disminuido, sobre todo por el consumo de pescado.

El efecto antioxidante se atribuye al Aceite de Oliva virgen, la fruta, la verdura y el vino. El efecto antitrombótico produce una acción de antiagregante plaquetario, atribuida sobre todo al pescado y al vino, y un alargamiento del tiempo de sangrado. La disminución de los efectos mortales, más que de los infartos no mortales, sugiere que el vino tinto y el pescado pudieran tener una acción antiarrítmica.

Recientemente se ha comprobado que el Aceite de Oliva produce un incremento en la absorción de ácidos grasos Omega-3 por las membranas celulares. Por este motivo, al consumir conjuntamente Aceite de Oliva y pescado como ocurre en la dieta mediterránea, no sólo se produce un efecto positivo derivado de la ingesta de Aceite de Oliva, sino que se potencian los beneficios de los Omega-3 en la prevención de distintas enfermedades como el cáncer y las enfermedades cardiovasculares.